Amanece en Nazaret y el horizonte se ilumina con la belleza de un cielo azul deslumbrante.
La ciudad bíblica se encuentra en un valle al sur de Galilea, en Israel. La vida cotidiana de sus habitantes se mezcla con los pasos de miles de peregrinos que recorren sus calles con la esperanza de seguir el nacimiento de un niño cuya vida marcaría un antes y un después en la historia de la humanidad. Fue en este lugar donde un ángel anunció su llegada. ¡Alégrate! No temas. Fueron sus palabras para la joven María y para José, su prometido. Con alegría y sin temor me dirijo hacia la Basílica de la Anunciación, que según la tradición marca el sitio donde aquella buena noticia fue recibida.
La ciudad de Belén, que en hebreo significa "Casa del Pan", se encuentra en territorio Palestino, fuera de los límites con Israel. Para llegar es necesario cruzar el muro que separa ambos estados y que representa, muy a su manera, las ideologías que definen a estas naciones.
Hace 2000 años, Nazaret era una aldea apartada de todo, habitada por algunas decenas de familias. La casa donde vivió María era semejante a una cueva construida con ladrillos de barro. Se trataba de una vivienda humilde que las antiguas iglesias se esmeraron en preservar y sobre la cual se erige hoy un santuario decorado con piedras blancas y mosaicos representativos de aquel momento, que han sido donados por comunidades de todo el mundo.
La Basílica está dividida en dos niveles, pero su tesoro más grande se resguarda en la llamada Gruta de la Anunciación, ahí donde todavía se conservan los vestigios de aquel hogar donde todo comenzó.
Cerca de allí, se encuentra también la Iglesia de San José, donde se cree está la casa en la cuál Jesucristo pasó gran parte de su vida, aprendiendo el oficio de su padre adoptivo, conviviendo con la comunidad y adquiriendo la experiencia de vida que más tarde lo llevaría a desarrollar sus enseñanzas. Su infancia y juventud estuvieron marcadas por las calles y paisajes de aquella aldea.
Muchas cosas han cambiado en Nazaret desde ese entonces. Hoy en día la ciudad es considerada el centro cultural árabe más grande de Israel y en ella conviven cristianos, musulmanes y judíos.
Recorrer sus callejuelas empedradas, disfrutar la exhuberante vista de sus jardines, visitar sus mercados y degustar su gastronomía, permiten al turista sumergirse en la magia y belleza de un lugar apacible, histórico y encantador.
Camino a Belén
Canciones navideñas describen los caminos que tomaron los pastores y los magos de oriente en ruta hacia el lugar donde Jesucristo, recién nacido, fue arropado por su madre y colocado en un pesebre. Aquellos villancicos hablan de valles, caminos y rebaños.
Emprendo entonces aquel recorrido que me lleva de Nazaret a Belén y con curiosidad observo los campos que se extienden por más de 100 kilómetros entre ambas ciudades. Desde la comodidad de un autobús me imagino el paisaje que debió contemplar la Sagrada Familia en su largo viaje hasta el lugar donde San José, por mandato del emperador, debía presentarse para participar de un censo decretado en todo el imperio.
Antes de llegar a Belén es posible visitar el llamado Campo de los Pastores donde según la tradición un ángel se presentó para anunciar el nacimiento del niño Jesús. El lugar cuenta con una iglesia Franciscana y está rodeado de varias cuevas que son utilizadas por los pastores locales hasta el día de hoy.
La ciudad de Belén, que en hebreo significa “Casa del Pan”, se encuentra en territorio Palestino, fuera de los límites con Israel. Para llegar es necesario cruzar el muro que separa ambos estados y que representa, muy a su manera, las ideologías que definen a estas naciones.
Al igual que aquellos pastores, miles de peregrinos emprenden cada año el camino a uno de los lugares más sagrados del cristianismo, la Iglesia de la Natividad, en cuyo interior se marca la gruta donde nació Jesucristo.
Considerada una de las iglesias más antiguas del mundo y la más antigua de Tierra Santa, el lugar de la Natividad es remarcable en la austeridad de su exterior que asemeja una fortaleza. Su puerta de acceso, llamada también “Puerta de la Humildad” es tan pequeña que obliga a los visitantes a bajar la cabeza y a agacharse para poder acceder. En realidad la entrada original fue modificada para proteger el santuario y evitar que invasores pudieran entrar montados a caballo.
El paso de los siglos es palpable en su interior donde diferentes estilos arquitectónicos y decorativos se combinan. Páneles de mármol, algunos mosaicos bizantinos y columnas de distintas eras se enlazan junto con las comunidades religiosas que la visitan y custodian y que incluyen a griegos ortodoxos, católicos y armenios.
Sin embargo, todo el esplendor de tiempos pasados pronto se dimensiona al acceder a la cueva del nacimiento donde una corta escalinata conduce al lugar marcado por una estrella de plata colocada sobre pisos de mármol.
Es ahí, lejos de todo lujo, en lo que fue una gruta, donde aún el día de hoy, dos mil años más tarde, visitantes de todo el mundo se arrodillan con fascinación al imaginar que en un lugar tan sencillo, en una rústica cueva, recostado en un espacio para alimentar animales, rodeado de gente del campo, sin luces multicolores ni grandes regalos, diera inicio la vida de un niño que años más tarde cambiaría la historia de la humanidad para siempre

